domingo, 19 de enero de 2020

El Templo Perdido. AvAnCeS



Desde octubre he estado trabajando en la segunda parte de La Hija Maldita, el segundo libro de Pueblos Perdidos. Tras pararlo por una agobiante lluvia de ideas que me han acosado estos últimos meses... pero que me han permitido publicar Alba (la sexta entrega de la Saga Ángeles Caídos) y adelantar un extenso trozo de Luminika (el segundo libro de la Saga Cazadores Oscuros, la continuación de Elektrika) me he conseguido centrar (y re-centrar) en El Templo Perdido. Si dispongo de tiempo suficiente, algo que nunca puedo asegurar, es posible que salga para finales de mes. En el peor de los casos espero que para febrero. Pero para aquellos que ya hace tiempo lo estáis esperando, os dejo aquí el primer capítulo. ¿Os gusta la portada?

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Bienvenida a casa

Sin Anthony Jobs, máximo responsable de la guardia de Do-Urh, caminaba con paso firme, mirada perdida en el horizonte y un cierto punto de preocupación. Tan solo había ostentado ese cargo durante unas semanas, las justas para ser consciente que aquella responsabilidad era más un castigo que no un premio por su trayectoria al servicio de la Diosa. No podía esperar menos, teniendo en cuenta que le había propuesto para el cargo el nuevo Rey, el joven explorador con mirada fría y actitud despreocupada que había estado acechando desde el primer día a su protegida. Aina. Seguía sintiendo un cierto vacío en el corazón cuando pensaba en ella. Algo, dentro de él, le decía que estaba a salvo. Aina era una superviviente. Aunque pensar en ella en tierras plateadas, entre hostiles plateados, era duro. Si sus obligaciones no fueran las que eran, si el Rey Dexter no le hubiera anclado a aquella tierra, a aquellas responsabilidades, hubiera ido a buscarla. O al menos, lo habría hecho después de que Dexter y sus dos manos, en presencia del consejo, la absolvieron de toda culpa en los sucesos que habían acontecido aquella fatídica noche salvando así su honor y su vida. Dexter había sabido mostrar mano dura aplicando la justicia, sin titubear. Ambos debían recordar sus obligaciones para aquella que era su nueva casa, su nueva gente. Y los problemas que tenían, y tendrían, durante los años venideros. La guardia de Do-Urh estaba podrida. Mucho tenía que ver con aquello que durante los últimos siglos su dirección hubiera estado en manos de Sir Thomas. Actualmente degradado de rango y desterrado a la Ciudad de Oro, el antiguo Gran Maestro de Do-Urh se había ganado el respeto a costa de crueles castigos que hacía que muchos de los guardias se hubieran vuelto casi como si fueran vulgares salvajes. Sin honor. Sin valores. Luchadores de élite, cierto. Pero cuyo ego y cuya soberbia eran capaces de nublar su mente. Como había sucedido con el que había sido uno de los favoritos de los Juegos de Honor y sus dos compañeros más afines. La rabia es una emoción extraña, poderosa. Y peligrosa. Capaz de hacer que aquellos tres guardias fueran capaces de atacar a uno de sus líderes. A la Mano Izquierda del nuevo Rey. Era una gran traición, pero incluso con eso, su muerte era una herida abierta en el pueblo de Do-Urh que los había visto crecer. Y en la guardia. Tres jóvenes dorados muertos en algo que era un sin sentido. Incluso sabiendo que ellos habían buscado su final. Sir Anthony no podía evitar sentirse agradecido de que aquellos cadáveres a los que el pueblo lloraba fuera el de aquellos dorados y no el de su protegida. Pero no todos pensaban como él, especialmente dentro de su propio gremio.
No había sido fácil empezar a reorganizar la guardia de Do-Urh. Probablemente tardaría años en conseguirlo. La Mano Derecha de Do-Urh había sido una pieza clave para conseguir empezar a crear unos nuevos cimientos. James había estado entrenando junto a aquellos chicos durante largas horas y sus ojos despiertos habían sido capaces de ver mucho más allá que lo que mostraba la superficie. Eran sus confidencias, sus consejos, los que estaban ayudando a Sir Anthony a conocer los problemas con los que se enfrentaría, poco a poco, entre los que eran sus nuevos muchachos. Intrigas. Celos. Aquellos guardias habían aprendido a luchar para sobresalir, pero les traía sin cuidado proteger a su pueblo al que muchos parecían menospreciar. Sir Anthony sospechaba que la antigua Mano de Do-Urh era parcialmente consciente de aquello. Aunque el problema era mucho más profundo, más oscuro, de lo que jamás hubiera supuesto. Siempre había pensado que acabaría sus días en el viejo Oráculo del Desierto. Junto a un pequeño grupo de guardias bien avenidos. Pese a las excentricidades de las Visionarias, era una vida agradable, a la que se había acostumbrado. Honrado por el Consejo y castigado por el Rey, ese futuro había desaparecido del horizonte. Aunque Sir Anthony no podía evitar sentirse, hasta cierto punto, afortunado. James era su intermediario. No tener que consultar la mayor parte de sus actuaciones con el joven Rey era algo que no tenía precio para Sir Anthony. Sentía una conexión con el joven guardia con el que había compartido camino desde Nain. No en vano, el tutor del joven James era uno de sus mejores amigos y el criterio de ambos era parecido. James, la Mano Derecha de Do-Urh, habría sido un gran guardia. Y sin lugar a duda era una excelente Mano. Lo demostraba día tras día. Se mostraba firme pero clemente y siempre estaba dispuesto a escuchar los consejos de viejos que como él, habían visto ya mucho mundo. Habría sido un buen Rey. Aunque no podía negarse que la confianza que había depositado en él el joven Rey Dexter era una evidencia palpable de que él también era consciente de las cualidades del que antaño formaba parte de la guardia. James sería una buena Mano Derecha, justa y firme, siempre dispuesto a servir a su Rey. Un rol que el joven Dexter probablemente le hubiera costado mucho más de asumir. El nuevo Rey de Do-Urh era un hombre hábil en la lucha y su inteligencia estaba a la altura de un Maestro. La forma como había usado al Consejo para sus propios intereses al poco de convertirse en Rey en una de las mayores crisis que debería haberse vivido en Do-Urh en el último milenio lo evidenciaba. No era alguien del que fuera inteligente ser enemigo. Sería un líder fuerte. Pero no podía negar que había algo oscuro en él. Retador. Indisciplinado. Características que por definición, no eran del agrado de un guardia. O no deberían de serlo. Difícilmente trabajaría bajo las órdenes de alguien y empezaba a dudar de si incluso en su propio y selecto gremio alguien era capaz de hacer valer su autoridad sobre él. No parecía querer sobresalir. Otros se hubieran rodeado de Manos más débiles para asegurarse simplemente sobresalir. El control. Do-Urh era una de las ciudades doradas más grandes. Junto a Rotta-Dam el centro del comercio con el resto del mundo. Y sin embargo, se había rodeado de unas Manos que mostraban la fuerza y la justicia a las que se debían de forma elogiable. Aunque tal vez gracias a eso podía seguir viviendo un poco al margen, en un segundo plano, como parecía haber hecho desde que los Juegos empezaron. Estaba claro que seguiría siendo una persona huraña con poco interés de interactuar con su pueblo pero teniendo en cuenta que habían vivido bajo la tutela de un mago que solía vivir encerrado en la biblioteca del registro, nadie se lo tendría en cuenta. Tardaría un tiempo en ser consciente de que ya no era un explorador. Una criatura silenciosa acostumbrada a trabajar por su cuenta desde las sombras. Un dorado cargado de una aura de misterio y peligro del que había sido consciente desde aquel primer encuentro en pleno mercado de Nain. Su escaso respeto por la autoridad que él y Sir Elliot Grant habían intentado imponer en aquel momento dejaba claro que no estaba acostumbrado a las jerarquías. Algo extraño si realmente había crecido en la Ciudad de Oro. Dexter, el nuevo Rey de Do-Urh, era un dorado excepcional pero también atípico. Afortunadamente, sus Manos eran mucho más accesibles. Quizás fuera mejor así.
El joven erudito, la Mano Izquierda, era próximo a la gente y sabía escuchar los problemas que poco a poco se le presentaban. Conocía las leyes como si las hubiera escrito él mismo y la gente acudía a él para pedir consejo. James estaba centrado en estabilizar los problemas que había en la propia guardia de la ciudad, igual que él. Nada era más peligroso que una ciudad fronteriza con una guardia dispersa y sin la preparación adecuada. Fuerza bruta, sin estrategia alguna. La sombra de un recuerdo. Un plateado corriendo por las calles de la ciudad, la que era ahora su ciudad, a plena noche. Era una señal clara de las debilidades que aquella ciudad, protegida tras dos grandes murallas, tenía en realidad. Dos firmes y sólidas murallas que se alzaban de forma majestuosa y quizás les daba una falsa sensación de seguridad. Los controles en la muralla interna eran distantes y aunque solo un loco se plantearía escalar aquella estructura de firme piedra, no era un imposible. Tiempo atrás algo así sería imposible. Pero el número de guardias, igual que el número de dorados, había caído en los últimos siglos y su gremio se había tenido que ir adaptando aquello. No podía cubrirse el perímetro completo de la muralla con los puestos necesarios para garantizar que la ciudad fuera totalmente estanca. Era una realidad. Los tratados de paz los amparaban. Los salvajes jamás serían capaces de penetrar una fortificación así. Pero incluso con eso, la realidad había puesto de manifiesto las limitaciones existentes en las protecciones de su ciudad. Incluso si no tenía para nada claro en cómo poder llegar a solucionarlas.
Hacía un par de semanas que el Rey no aceptaba audiencias. Tras el juicio en el registro y la coronación, había participado de forma comedida durante un par de días para desaparecer de la vida pública finalmente. Quizás fuera por la pérdida de Aina. Empezaba a sospechar, tras observar desde la distancia, que parecía realmente atento con ella. Pese a su reticencia inicial no podía negarse que James confiaba en él. Y el juicio del joven guardia era algo a tener en cuenta. A su manera, Dexter había demostrado ser noble. Recto. Había aprendido a trabajar junto al guardia durante los retos como si fuera un compañero ejemplar. Incluso parecía dispuesto a defender al resto de aquel extraño grupo que habían formado junto al erudito y la pareja de herreros. Y Aina. Su pequeña.
Entró en el registro para dirigirse a la primera planta, a la zona reservada para el Rey y sus Manos. Sus dependencias y sus salas privadas. Los guardias allí presentes le saludaron con palabras de respeto. James había elegido personalmente cinco guardias para vigilar las entradas del registro. ¿Cuál había sido su criterio? No lo tenía claro. Pero si una cosa sabía Sir Anthony es que no había sido una decisión tomada al azar. Era un muchacho extrañamente intuitivo para algunas cosas. O quizás fuera cosa del explorador. No le extrañaría que conociera secretos, incluso de la guardia de Do-Urh y de sus problemas internos, antes de ser Rey. Dexter sabía demasiadas cosas. Quizás por esa curiosidad, casi malsana, que había demostrado en varias ocasiones. Caminó por aquel pasillo con mucha más tranquilidad que aquella primera vez, días atrás. Cuando las alarmas sonaron por Do-Urh y dos miembros de la guardia acudieron a su posada para hacerle ir hasta el registro sin mediar palabra. Ahora se sentía mucho más tranquilo, más seguro, que aquella noche. Las puertas de la sala de reuniones estaban cerradas. Golpeó con decisión sobre ella.
-Adelante. -le autorizó a entrar la voz firme, cálida, de James.
Sir Anthony no dudó en poner su mano sobre el pomo y hacer girar aquella belleza de oro puro haciendo que las viejas puertas de madera se abrieran de par en par. Se sorprendió de ver al Rey sentado junto a sus dos Manos. Hacía tiempo que no coincidía con el erudito. Era un dorado con el pelo largo atado con una gruesa cinta a su espalda, un punto más bajo y grueso que la mayoría de los guardias. Tenía las mejillas sonrojadas, una gran sonrisa en el rostro y una expresión emocionada. Sus pensamientos eran alegres, de eso no había duda. La expresión de James era más serena, algo más propio de un guardia. Estaban acostumbrados a mantener las emociones, los pensamientos, en un segundo plano. Aunque había cierto grado de diversión en sus ojos. La pequeña cicatriz presente sobre una de sus cejas estaba parcialmente oculta por un mechón rebelde que se había aposentado sobre su frente. Sentado entre ellos estaba el Rey. Dexter. Su pelo dorado parecía incluso más corto que la última vez que lo había visto. Su barba perfectamente afeitada y su ropa negra con suaves hilos dorados le daban un toque elegante que casi podrían disimular el resto de los cambios. Pero los viejos ojos de Sir Anthony ya habían visto mucho y eran dados a apreciar detalles que tal vez a otros dorados les pasarían desapercibidos. Sus pómulos estaban ligeramente más marcados y había un ligero tono oscuro bajo sus ojos. Por algún extraño motivo, el Rey de Do-Urh mostraba signos de haber pasado malas noches y no alimentarse adecuadamente. Pese a esa evidencia, no había perdido esa mirada retadora cargada de esa chispa de diversión que le daba un punto insolente. Dexter no estaba en su mejor momento pese a que la expresión de sus ojos era alegre y un punto irreverente.
-Sir Anthony. -le dijo Dexter señalando una de las sillas de la mesa presidencial. -Bienvenido.
-Es un honor. -dijo Sir Anthony mientras tomaba asiento.
- ¿Cómo van los problemas internos de la guardia? -le preguntó Dexter dejando claro que conocía cada movimiento que James daba en su nombre.
-Es complicado. Muchos de los guardias jóvenes tienen una buena formación en combate, pero se ha obviado partes de su formación que son tan o más importantes. -resumió Sir Anthony.
-Una forma suave de decir que no hay una pizca de sentido común entre ellos. -le dijo Dexter con una sonrisa divertida.
-No tengo autoridad para negar las palabras del Rey. -le contestó Sir Anthony, con un gesto afirmativo y una ligera sonrisa en los labios.
-Al margen del tiempo, ¿qué más se podría hacer para solucionar nuestro problema? -le dijo Dexter. -No podemos permitirnos desconfiar de nuestros propios hombres.
-He estado pensando en esto. -dijo Sir Anthony finalmente, con gesto inseguro. -Es complicado, por no decir imposible, cambiar la forma de pensar, los valores, de casi un centenar de hombres. La mayoría de los veteranos no eran acordes a la forma de actuar, de ser, de Sir Thomas. Pero acataban sus órdenes dada su jerarquía sobre ellos.
-Continúa. -le animó Dexter.
-Actualmente tenemos identificadas cinco manzanas podridas con las que hemos de ir con cuidado. Debo decir que solo dos de ellos ostentan algún cargo dentro de la guardia. -continuó el anciano guardia.
-De momento. -dijo Dexter con mirada dura.
-No podemos degradarlos o castigarlos sin una evidencia. -le contradijo Sir Anthony. -Hemos de esperar a que den un paso en falso. De momento los tengo bajo vigilancia.
- ¿Y con los otros?
-Son guardias relativamente jóvenes, no llegan a los dos siglos. Eran especialmente afines a Vladimir y hay rabia en ellos, parte del duelo impuesto por su pérdida. Es posible que con el tiempo, se pueda limar sus asperezas. De momento Sir Thorae se encarga de revisar sus turnos para que no coincidan y no puedan retroalimentarse.
-James me dijo que habéis alejado a los maestros Sir Gerard y Sir Lucas de los más jóvenes. -dijo Dexter con mirada inteligente.
-Son los más influenciables. Desde la muerte de Vladimir y la degradación del que había sido su máximo responsable, no tienen claro qué pensar. Intento que pasen el máximo tiempo posible con maestros más maduros, con un código de honor sólido y mantener a Sir Gerard y Sir Lucas con otras tareas que les mantenga la mente ocupada. -admitió Sir Anthony.
-Limpiar letrinas sería una buena opción. -dijo James con una sonrisa ladeada mientras Feren reía por lo bajo.
-Discrepo. -dijo Sir Anthony intentando frenar una sonrisa. -Estoy falto de líderes con los que formar grupos de entrenamiento y de trabajo. Personas de confianza a las que quieran imitar. O incluso impresionar.
- ¿No sería ese vuestro papel? -preguntó Dexter con mirada interrogante.
-Estaría bien, pero lo cierto es que muchos de ellos podrían ganarme en un duelo. -dijo Sir Anthony con una sonrisa en los labios y humildad en la mirada. -Por si no os habías percatado, mi fuerza y mi destreza no son los que fueron. Gajes de nombrar Gran Maestro a alguien de mi edad con una guardia desestructurada desde los cimientos.
-Tan pronto y ya criticando mis decisiones. -dijo Dexter con mirada divertida. Sir Anthony parecía dispuesto a disculparse, pero James intervino.
-Sir Anthony se ha ganado el respeto de muchos de los maestros del gremio. -dijo James. -Su posición como máximo líder de la guardia es una de tus mejores jugadas estratégicas.
- ¿Una? -preguntó Sir Anthony con mirada desconfiada.
-James que me sobrevalora. -le dijo Dexter con una sonrisa inocente pero un brillo inteligente en sus ojos.
-Los jóvenes no buscan únicamente sabiduría o experiencia. -dijo Sir Anthony volviendo al problema que estaba entre sus manos si bien era consciente de que había más verdad en las palabras de James que en la falsa humildad del Rey.
-Eso será en la guardia. -le interrumpió Feren haciendo una mueca y se sonrojó al momento al sentir la atención de todo el grupo sobre él. Para un escribano, la sabiduría y la experiencia eran dos de los pilares de su aprendizaje. Un anciano disponía de gran cantidad de ambas y en su gremio siempre se les respetaba como les correspondía.
-La fuerza es algo que muchas veces puede estar sobrevalorado. -dijo Dexter con una sonrisa ladeada mirando a Feren con gesto tranquilo, parecía satisfecho con la intervención de su Mano Izquierda. -Pero estamos hablando de un grupo de ataque al que se le ha inculcado que un espadón ha de vencer a cualquier rival mediante la fuerza bruta y no tienen estrategia ni sentido común alguno.
-Es lo que hay. -dijo James haciendo una mueca. -Hemos de ser consciente de nuestra realidad.
-De acuerdo. ¿Qué proponéis? -dijo Dexter mirando a Sir Anthony.
-James sería un buen estímulo para muchos. Su participación en los Juegos de Honor ha hecho que le admiren, tanto por sus combates como por su humanidad. -admitió Sir Anthony.
- ¿Entonces? -añadió Dexter con mirada inteligente. - ¿Qué es lo que no decís?
-James podría participar en algunos de los entrenamientos. Perfeccionar sus habilidades en combate también podría ser útil incluso siendo la Mano Derecha y ayudaría a consolidar las lealtades de muchos de los jóvenes. -admitió Sir Anthony. -Aunque quizás deberíamos buscar también nuevos aliados, guardias que se hayan formado bajo otras directrices y que puedan instruir e inspirar a otros.
- ¿Sir Elliot Grant por ejemplo? -preguntó Dexter con mirada inteligente mientras James sonreía al recordar a su maestro.
-Estoy seguro de que Sir Elliot estaría encantado de venir a hacernos una visita pero sus obligaciones para con el Gran Maestro de Nain no le permitirían estar lejos de su ciudad durante demasiado tiempo. -admitió Sir Anthony admirando la inteligencia viva que el Rey mostraba. Él también había pensado en su viejo amigo. -Tengo en mente un par de guardias jóvenes con una formación completa que estuvieron bajo mi tutela en el Oráculo del Desierto y estoy seguro de que Sir Elliot estaría feliz de cedernos algún guardia de rango intermedio que fuera de confianza si fuera consciente de los problemas internos que tenemos.
-Incluso podríamos enviar alguno de nuestros jóvenes guardias conflictivos con él. -dijo Dexter mientras pensaba en aquello. -Distanciarlos entre ellos, que volvieran a hacer nuevas amistades con nuevos valores. Podría funcionar.
-Al menos con los jóvenes. -dijo Sir Anthony haciendo un gesto afirmativo aunque había signos de preocupación en su rostro. No tenía para nada claro cómo conseguir encauzar a los dos guardias que ostentaban altos cargos dentro de su gremio. Eran ancianos, no tanto como él, pero lo suficiente como para dudar de que pudieran cambiar de perspectiva o de forma de pensar de la noche a la mañana. El problema existente con Sir Gerard y Sir Lucas no sería tan fácil de solventar.
-Jamás pensé que diría esto. -dijo Dexter poniendo los ojos en blanco. -Enviad una carta oficial para invitar a Sir Elliot Grant y a quién consideréis oportuno. En su visita les plantearemos nuestra actual situación y vuestras ideas. Ya veremos dónde nos lleva eso.
-Sir Elliot es un buen hombre, si le das una oportunidad te gustará. -le dijo James a Dexter con una sonrisa orgullosa mientras rememoraba a uno de sus Maestros.
-En Nain todos lo respetaban y admiraban. -añadió Feren con gesto solemne. Aun siendo la Mano, seguía siendo tímido y algo introvertido. La presencia de Sir Anthony o de algún miembro de la guardia aún le intimidaba.
-Os dejo recordando todas sus virtudes. -dijo Dexter levantándose de la mesa, Sir Anthony hizo el intento de levantarse y Dexter le puso la mano sobre el hombro. -No hace falta, estoy seguro de que James querrá acabar la velada en compañía.
-Si me disculpa Sir Anthony, me gustaría revisar unos pergaminos que tengo pendientes. -dijo Feren levantándose de la mesa despidiéndose del guardia de forma respetuosa.
Ya solos, Sir Anthony miró a James. Sabía que entre él y el que antaño fue un explorador, había lazos fuertes que difícilmente serían vulnerados. Pero incluso con eso, tenía la sensación de que el explorador ocultaba muchas cosas. Lo que no sabía era si James era consciente de aquello. Y no tenía el poder, ni el derecho, de poner en duda el juicio o los principios del que era su Rey.
-Supongo que un título no cambia de la noche al día a una persona. -dijo finalmente Sir Anthony mirando la puerta por la que el Rey y una de sus Manos habían desaparecido.
-Para nada. -admitió James. -Me alegraré de ver a Sir Elliot. Espero que se sienta orgulloso de todo esto.
-Tenlo por seguro. -le dijo Sir Anthony con mirada paternal. -Habéis demostrado estar más que preparados para asumir esta responsabilidad. Desde la primera noche.
-Aquello fue una pesadilla. -dijo James mirando el rostro de Sir Anthony que parecía más apagado. Triste. No habían vuelto a hablar desde hacía tiempo. -Esta noche me gustaría que acompañaras a los guardias de la puerta de acceso a la ciudad.
- ¿La puerta? -le preguntó Sir Anthony con sincera curiosidad. James hizo un gesto afirmativo mientras se levantaba. Sir Anthony le imitó, meditando aquello sin acabar de entender el mensaje oculto. Un Maestro haciendo guardia en un acceso a la ciudad era algo poco habitual. Un Gran Maestro a plena noche allí en medio, sorprendente. Por no decir inaudito.
-Hemos de empezar a revisar las medidas de seguridad y los puntos de acceso a la ciudad. -le contestó James. -Por algún sitio hemos de empezar.
James tenía razón. Debía empezar a pensar en cómo mejorar la seguridad de la ciudad. Sir Anthony hizo un gesto afirmativo. Aquel era un día tan bueno como cualquier otro.
-El acceso principal está doblemente vigilado. Hay un pequeño puesto interno en la muralla sobre los engranajes de la puerta, parcialmente oculto, con dos tiradores y una campana de avistamiento dispuesta para dar la alarma. -dijo Sir Anthony mientras pensaba en lo que sus compañeros le habían explicado tras iniciarse en su cargo. Lo cierto es que no había ido aún allí para valorar personalmente aquello. -La puerta es de acero revestido en oro, difícilmente se podría abrir sin la ayuda de los mecanismos y los animales que los hace desde el puesto interior. Las runas para activar el sistema de apertura son solo accesibles desde el interior. Dentro hay un mínimo de dos guardias y un escriba.
-Estaría bien asegurarnos de que todo se haga correctamente y que se les dé el valor que les corresponde en su tarea. Estoy seguro de que apreciarían que alguien con su rango pasara una noche analizando nuestras medidas de seguridad en ese punto concreto. -le contestó James. -Puede que incluso los propios guardias nos ayuden a ver algunos de nuestros puntos débiles. Porque está claro que haberlos, los hay.
-Así lo haré. -dijo Sir Anthony haciendo un gesto afirmativo. ¿Las puertas de la ciudad? ¿Pasar la noche allí con los jóvenes guardias? Era una petición extraña. Se podría hacer la misma labor a plena luz del día bajo el amparo del Gran Sol. Pero James tenía un sexto sentido con algunas cosas. En las últimas semanas había demostrado que aunque a veces hacía peticiones, sugerencias, que en un primer lugar podrían parecer absurdas tenían un objetivo claro. Incluso en un guardia como James, la influencia de Dexter empezaba a notarse.

Tres guardias vigilaban la gruesa puerta. Una sólida estructura de metal dorado cuyo peso difícilmente sería capaz de ser levantado por un grupo de hombres. Los animales pacían tranquilamente a pocos metros y la gran rueda central descansaba inmóvil. Los símbolos sobre ella permitían que el mecanismo se activara si se usaba la combinación apropiada. Un plateado o un salvaje difícilmente sería capaz de elegir la combinación correcta. Aunque aquellos símbolos no estaban ocultos y podían ser vistos desde dentro de las murallas. Memorizados. Y compartidos. Era algo mejorable. Sobre la puerta de metal, escondidos tras la gruesa muralla, había dos guardias más. Dos pequeñas aperturas en la muralla les permitía observar el camino tímidamente iluminado con varias antorchas que reposaba entre la muralla externa y la interna. Un largo paseo que era necesario para llegar a la puerta de metal que daba acceso a la ciudad. Armados con arcos o ballestas, eran los vigías y también la primera línea de defensa. Junto a ellos, una campana reposaba silente desde hacía varios siglos. La alarma. El aviso de intrusos, de un posible ataque. Y pese a ese silencio, había habido un plateado caminando por las calles del centro de Do-Urh durante una noche cualquiera. Casi debería decir afortunadamente. Para desazón de la Diosa.
Tras la protección de las sólidas murallas la oscuridad era penetrante. Pequeñas estrellas brillaban en el firmamento mostrando su tenue luz en aquel manto negro. Los ruidos de la brisa, los cascos de algún caballo y roncas voces lejanas que salían probablemente de una taberna. Los dorados no amaban la oscuridad presente durante las noches. Sus capacidades se veían mermadas porque sus sentidos solían estar agudizados por el poder de su Diosa Aurum mientras el Gran Sol gobernaba el firmamento. Su fuerza y su agilidad disminuían, sus sentidos quedaban parcialmente atenuados. Los dorados tenían muchos motivos para no sentirse cómodos en aquel entorno. Pero allí estaban esos jóvenes guardias haciendo su trabajo. Los turnos para guardar la puerta de acceso a la ciudad solían ir alternándose. Era un trabajo que nadie deseaba y además de ser usado como medida correctora en algunos casos, los jóvenes que ascendían de rango pasaban a ser excluidos de guardar las puertas durante la noche. Era algo por lo que valía la pena esforzarse. Pero implicaba que los allí presentes, especialmente durante las noches, eran los más inexpertos y los más jóvenes del regimiento. Algo que desde luego era más que mejorable. Un buen arquero y un guardia con capacidad de dirigir al grupo en caso de un asalto deberían estar presentes. No es que Sir Anthony esperara que asaltaran a Do-Urh. Y estaba prácticamente convencido de que aquel plateado había entrado excusado por algún vínculo comercial y simplemente se había mantenido oculto tras el toque de queda. Algo que desde los últimos incidentes no volvería a pasar. Se había prohibido el acceso al interior de la ciudad a todo plateado dejando únicamente el acceso a los comerciantes, hijos de Argentum, al espacio entre las murallas. Do-Urh dependía de algunas de sus preciadas mercancías, así como del dinero que esos ricos comerciantes también aportaban a la ciudad. Había revisado los registros con la esperanza de encontrar un nombre, una pista con la que intentar llegar hasta el hombre que salvó a Aina. Y con el que posiblemente desapareció de la ciudad. Algún error debía de haber en los registros de entrada y salida que los eruditos actualizaban de manera metódica. Teóricamente. Todos los plateados que habían entrado en Do-Urh durante la última semana constaban con su registro correspondiente de salida antes de la puesta del Gran Sol, según regían las antiguas leyes del viejo Rey de Do-Urh. Pensar en un plateado viviendo dentro de la ciudad, cuya entrada fuera más antigua, era incomprensible. ¿Por qué un plateado querría vivir dentro de una ciudad dorada? Por no decir que estaba prohibido por las leyes de ambos pueblos. Un espía. Un explorador tal vez. Alguien con la capacidad de vivir al límite de las leyes. Quizás. Era una posibilidad. De lo que no tenía duda era que la guardia debería revisar de forma sistemática el trabajo de los eruditos y los escribas, en lo referente a los registros de entrada y salida de la ciudad. No se podía permitir que un plateado pudiera pernoctar en una ciudad dorada.
Pero incluso asumiendo que un plateado vivía escondido dentro de su ciudad, quedaba otra gran pregunta sin respuesta. Una incluso más preocupante. En lo referente a la seguridad de la ciudad, al menos. ¿Cómo salieron? La muralla era una estructura firmemente construida. Su altura no debía tomarse a la ligera. Escalarla y descender desde lo más alto era bastante arriesgado. Los guardias que recorrían el perímetro de la muralla interna eran pocos. No era algo imposible que un par de personas pudieran cruzar la muralla entre dos puestos de vigilancia. Complicado. Desde luego. Pero algo dentro de él, con un deje de orgullo, le hacía sospechar que Aina sería capaz de una proeza así. ¿Pero un plateado? ¿A plena noche?
- ¿Quién va? -preguntó uno de los jóvenes guardias tensándose al lado de la puerta de metal dorada que guardaba fielmente ante la presencia de la mayor autoridad de la guardia de Do-Urh.
-Pido asilo. -dijo una voz femenina en tono suave pero firme. Sir Anthony sintió un escalofrío mientras se levantaba, alejándose de la pequeña hoguera para acercarse a la puerta.
- ¡Identifíquese! -solicitó el guardia.
-Mi nombre es Aina, Hija Maldita del Desierto. -se escuchó al otro lado de la reja metálica.
-Abrid. -dijo Sir Anthony con voz autoritaria mientras se quedaba quieto frente a la puerta dorada, sin acabar de creerse aquello. Frente a él, una silueta cubierta con una capa negra se mostraba cauta.
Uno de los guardias se acercó a los animales para despertarlos y mover los símbolos. Los animales empezaron a caminar y con ello la puerta empezó a alzarse lentamente. Sir Anthony contenía parcialmente la respiración mientras las antorchas doradas del interior del recinto iluminaban parcialmente las sombras al otro lado. Cuando finalmente la puerta estaba llegando a lo más alto, la silueta empezó a caminar hacia el interior de la ciudad. Los guardias la miraban intrigados, con una ansiedad y un nerviosismo evidentes. La Hija Maldita. La dorada que mató a Vladimir, hijo de la Guardia de Do-Urh. El favorito del que había sido la ciudad que lo vio crecer. El que había sido su compañero. Incluso sabiendo que él y sus hombres actuaban a traición, no podían evitar ese sentimiento, esa emoción, de claro rechazo. Tras avanzar unos pasos, dos guardias se colocaron a ambos flancos a su espalda mientras un tercero volvía a activar los mecanismos para que la puerta descendiera tras ella. Lentamente, evitando hacer un movimiento que pudiera alertar a los guardias, la silueta alzó sus manos hasta su capucha, para mostrar finalmente su rostro. Sir Anthony sintió que su corazón latía de nuevo. Que respiraba cómo no lo había hecho durante mucho tiempo. Frente a él, como si nada hubiera pasado, estaba Aina. Su piel dorada relucía con la luz del fuego y sus ojos de color miel brillaban con personalidad propia. Su rostro tenía el brillo del oro puro pero su cabello dorado caía a su alrededor en cientos de pequeñas y finas trenzas, un peinado mucho más frecuente entre plateados que no entre los suyos. Su ropa no era tampoco la habitual de los dorados. Las telas finas habían sido sustituidas por pieles de colores grisáceos que cubrían la mayor parte de su cuerpo. Unos pantalones de cuero negro cubrían sus piernas y en sus pies unas botas forradas con el cálido pelaje de algún animal de los picos eran signo inequívoco que Aina había estado viviendo en tierras plateadas y había sobrevivido pese al frío y los peligros que allí acechaban. La mirada de Sir Anthony se volvió orgullosa mientras la miraba desde esa distancia que los separaba. No vaciló. Dejó que toda su autoridad se sintiera en su gesto, en su posición y en sus propias palabras. Sin acercarse a ella, conteniendo las emociones que su presencia había despertado en él, su voz sonó firme dentro de las murallas de Do-Urh.
-Ya nadie te conoce por ese nombre. -dijo con voz firme. -Arriesgaste tu vida para salvar a la Mano Izquierda de Do-Urh. El pueblo de Do-Urh, con el beneplácito del Consejo y de su Rey, te ha reclamado como hija suya. Anotad su llegada.
-Aina, Hija Maldita de Do-Urh. -dijo el erudito apostado en una pequeña mesa en la que hasta aquel momento había estado reposando más que otra cosa. Su pluma se alzó y tras introducir el extremo metálico en un recipiente lleno de tinta y sacarlo con sumo cuidado dosificando la cantidad de tinta, el escribano escribió lentamente, con precisión, su nombre. Revisó su obra antes de levantar la mirada en su dirección y finalmente el escribano añadió con una tímida pero gentil sonrisa. -Bienvenida a casa.

miércoles, 1 de enero de 2020

Entrevista



Este 2019 ha sido año repleto de gratas sorpresas. Gracias AGB por este proyecto, he disfrutado mucho haciéndolo 😊

¿Queréis leer la entrevista completa? ¡Pincha aquí para verla!




Espero que este año 2020 sea fascinante.

Es un número precioso, en serio. Tiene que ser especial, de alguna forma, para todos nosotros. Espero que sea un año lleno de proyectos, ilusiones, sorpresas y mucha felicidad.

¡Bienvenido 2020!

viernes, 15 de noviembre de 2019

¿Infiel?

Había oído hablar del concepto ser infiel a un libro pero no acababa de entenderlo. Lo de empezar un libro, dejarlo aparcado, leer otro y volver después al primero. Yo soy de las que cuando lee, se queda hasta las tantas de la madrugada y tengo que estar muy destrozada para cerrarlo a medias y no leerlo de un tirón. De las que lee mientras camina o mientras el semáforo está en rojo. 

Y sin embargo...

Me encontré hace un par de semanas en plena montaña con mi marido y mis niños. Y un ipad. El Templo Perdido, la segunda parte de la Hija Maldita va saliendo a su ritmo, con giros y nuevos personajes que espero que os atrapen... pero lo hice. Le fui infiel. No tenía el documento actualizado y me encontré empezando Alba. La nueva generación de Ángeles Caídos. Los que habéis leído Sonia ya sabréis de quien estoy hablando. Y me encontré que las ideas, las palabras, su historia, venía sola. Cómo resultado más de noventa páginas en un fin de semana y la primera parte de su historia ya sobre papel.

He estado un par de semanas sin tiempo para escribir ni una sola línea y hoy me voy a sentar a leer todo lo que avancé de Alba antes de decidir con cuál sigo. Pero ya que ha venido un poco por casualidad, voy a compartiros un trozo, aún virgen, de su historia.

Cristina


Alba
#Saga Ángeles Caídos VI

Miré el paisaje a mi alrededor a través de la ventana del taxi mientras un sinfín de gotas caían sobre el cristal sin compasión. Era una lluvia de gotas gruesas, cristalinas, que conseguía representar las emociones que me invadían justo en ese momento. Tristeza con aroma a melancolía. La carretera avanzaba sinuosa cruzando un tupido bosque; grandes pinos que se alzaban majestuosamente por encima de robles y árboles de menor tamaño en una variada gama de colores verdes y castaños. El agua se filtraba indiferente entre ramas y hojas empapando sin piedad alguna el manto que cubría el suelo. Aquí el otoño parecía haberse instalado pese a que estábamos despuntando los últimos días de verano. Ya todo parecía lejano. Los mojitos que hacía mi primo Sebas mientras bailábamos en alguna pequeña y solitaria cala, descalzos, hasta que la madrugada nos encontraba de nuevo en el mismo sitio. Mirando por la ventana no podía evitar pensar en esas puestas de sol sobre el horizonte que solo podían verse en las islas, la belleza del cielo teñido en varias tonalidades de naranjas, rosas y lilas que se intercalaban de forma armónica como en un gran cuadro. El calor del verano contrastaba con el mar que mantenía esa frescura suya indiferente a los cuarenta grados que habían despuntado algún mediodía. Esa agua cristalina que parecía infinita había sido nuestro gran aliado durante aquellos meses. Había sido un verano perfecto. 
Tenía nostalgia, para que negarlo. Pero supongo que es algo normal después de estar aquellos tres meses con la familia, disfrutando de la complicidad que tenía con mis primos. Durante el año nos veíamos prácticamente todos los fines de semana pero estar conviviendo con ellos esos meses además de un auténtico caos, era liberador. Somos una familia atípica, por decirlo de alguna forma. Y supongo que por nuestras excentricidades nos buscamos y nos apoyamos más de lo que la gente de fuera jamás llegará a comprender. Eso era en parte uno de nuestros problemas. Nos costaba relacionarnos con el resto del mundo, incluso sabiendo, siendo perfectamente conscientes, de que formábamos parte de él. Algunos más, otros un poco menos. Pero ese era nuestro futuro y debíamos hacernos a la idea. Aunque a mí particularmente me costaba. 
Este año mis primos David y Jerom empezaban la facultad. Tras muchas dudas, ambos habían elegido la misma universidad, a las afueras de la Capital. Creo que en el fondo los dos querían un punto de apoyo en esa nueva etapa y habían optado por ir a un sitio que les permitiera hacerlo. Mis tíos les habían alquilado un piso cerca del campus y aunque sabía que seguiríamos viéndonos más o menos con la misma frecuencia, todo empezaba a complicarse. Ya no éramos niños y aunque todos deseábamos avanzar, tomar responsabilidades y tener nuestro propio espacio, también implicaba aceptar que nuestro mundo, la burbuja sobreprotectora en la que nos habíamos criado, estaba cambiando. Y yo soy de las que le cuesta mucho adaptarse a los cambios. Soy consciente que no puedo estar toda la vida encerrada, escondida. Pero no puedo negar que la idea es tentadora. Supongo que es en parte porque no me siento igual que el resto del mundo y eso hace que me cueste vincularme, relacionarme, con la gente que va apareciendo a mi alrededor. Cada uno tiene sus historias, supongo. Aunque algunas sean más complicadas que otras. 
Durante el año todos intentábamos llevar una vida más o menos ordenada. Y cuando hablo de todos, me refiero a mis primos, mi hermano Paul, mis padres y algunos de mis tíos. No, no todos. Mi familia lleva una empresa de seguridad un tanto peculiar, por llamarla de alguna forma. La mayor parte de la actividad se hace de noche y aquellos que participan de forma más o menos activa en el negocio suelen dormir de día y estar en vigilia de noche. Mi tío Alec por ejemplo. Aunque mi tío digamos que hace lo que le da la gana, así por definición. Es un espíritu un tanto rebelde y caótico. Y lo digo con cariño porque es como un segundo padre para mí. Mi madre y mi tía Anna se conocieron en el instituto y se hicieron amigas casi como si hubiera sido amor a primera vista. Y como no podía ser de otra forma, ella y mi tío Alec acabaron por conocerse y saltaron chispas desde el primer momento. Como mi tía Anna y mi madre ya vivían juntas para aquel entonces y mi tío Alec hacía unos horarios bastante anárquicos empezaron a vivir juntos mis padres y mis tíos. A mucha gente le cuesta entender que siguieran viviendo así, incluso cuando empezaron a tener hijos. Hay tantas cosas que la gente no entiende que no vale la pena esforzarse mucho en dar grandes explicaciones. En cualquier caso, mis primos Sebas y Oscar son como dos hermanos mayores para mí. Creo que gracias a mis padres mi tía Anna ha conseguido criarlos sin estrangularlos por el camino. Se parecen a su padre, con eso todo está dicho. Y no es cosa de que sean varones, mi hermano Paul no se parece en nada a ellos. Ha heredado la sensibilidad natural de mi madre y aunque tiene ese algo despistado un tanto bohemio de mi padre, el contraste entre él y mis primos mellizos es abismal. Aunque no puedo negar que hay una complicidad entre ellos que puede llegar a ser divertida. Paul les ha salvado de más de una bronca. Creo que mi tía Anna lo sospecha pero hace la vista gorda. Se ha de saber qué batallas luchar y cuáles están perdidas antes de empezarlas. 
Un movimiento brusco en el volante me hizo ser consciente de mi nueva realidad. Un animal había cruzado la carretera y el taxista había conseguido evitar arrollarlo. Y no matarnos en el proceso, que algo es algo. Me miró por el retrovisor con mirada ligeramente culpable pero no me dijo nada. Casi mejor. No estaba de humor para alargar una conversación superficial con un desconocido. Volví a centrarme en mi ventana. Me sentía como el tiempo. Lluvioso. Por no hablar del viento. Un viento de esos enfadados. De los que hacen que el pelo parezca una veleta revoloteando alegremente y acaba, por un extraño capricho del destino, asentándose frente a tus ojos y nublándote la vista. Siempre tan simpático. Esa era yo por dentro. Un manojo de emociones intensas, pasionales, que mantenía firmemente controladas, encerradas y escondidas para el resto del mundo. Una caja de Pandora que los que me conocían realmente sabían que era mejor, más seguro, no abrir. Así que me obligaba a mantenerme en un estado emocionalmente plano. Aunque me costaba en muchas ocasiones. Es difícil contener parte de lo que eres. Incluso sabiendo que debes hacerlo. Suspiré y dejé vagar mi mirada por los árboles que dejábamos atrás. Mejor que me mentalizara pronto. Ese era mi nuevo futuro. Tres meses de frío y lluvia en un viejo castillo perdido en ningún lado. Un futuro poco alentador para una chica de dieciséis años cuya máxima aspiración es pasar desapercibida y acabar escondida en un despacho haciendo cualquier cosa, realmente. Solo tres meses. No era la eternidad y trataba de concentrarme en eso. Se suponía que debería estar agradecida por esta oportunidad. Mi madre se había mostrado orgullosa y mi padre… bueno, él no había podido hacer otra cosa que usar ese sentido del humor tan suyo para quitarle hierro. Y desde luego me sería más fácil si me lo tomara un poco más como él y un poco menos como yo, realmente. A mi edad mi madre se independizó y a los dieciocho mis padres ya vivían juntos, con mi tía Anna, mientras estudiaban en la Capital. La historia de mis padres también es atípica. Un poco como todo en la familia. Se conocieron al poco de llegar mi madre al instituto. Empezaría con un chica conoce a chico, chico conoce a chica y acabaría con un y vivieron felices para siempre. Pero en mi familia las cosas nunca son tan fáciles. 
El taxi disminuyó la velocidad para cruzar finalmente unas amplias puertas de hierro abiertas de par en par mientras empezábamos a circular por un tramo de carretera parcialmente asfaltada. El último tramo hasta mi prisión provisional. Un bosque menos tupido nos acogió y finalmente llegamos a un claro que mostraba unas fabulosas vistas al regio edificio. Diría hermoso, que lo era. Tétrico, también. Piedras de hace varios siglos que se mantenían exactamente igual, de forma solemne, alzándose desafiante frente a un clima que desde luego no podría describirse como acogedor. Tenía su mérito, supongo. Dejamos el coche frente a los portales de la muralla externa sobre la que se alzaba parte de la fortaleza. Apenas había ventanas en la parte frontal del castillo y rogué a los cielos que mi habitación gozara de una ventana que fuera un poco más generosa que esas pequeñas aperturas que se insinuaban sobre mí entre los dos torreones. El agua caía sobre las murallas de piedra formando pequeñas cascadas y suspiré observando las sinuosas formas. Era extraño, casi hermoso, pensar que algo fluido y ligero fuera capaz de modelar con el paso del tiempo algo tan sólido y firme como la propia piedra. El agua había ido suavizando con el paso de los siglos los bordes más ariscos y afilados de la solemne muralla. Me recordaba un poco a como mi madre, con esa dulzura y suavidad suya, era capaz de hacer que hasta mi tío Gru se comportara como una persona normal cuando había invitados en casa. Me gustaría ser un poco más como ella. Como Paul.
No podía negarme lo que era obvio. Habíamos llegado. El castillo de Arundel estaba justo frente a mí pero no parecía que me diera precisamente la bienvenida. No me apetecía para nada salir del coche, empaparme en el aguacero y aceptar finalmente todo aquello. Había pospuesto aceptarlo hasta el último momento. Incluso en el avión que había cogido por primera vez en mi vida para llegar a ese país regido por la niebla y las tormentas había mantenido una pequeña esperanza de que aquello no fuera real. Soy una ilusa, supongo. 
El taxista se giró y me miró con expresión tranquila. Supongo que estaba satisfecho por lo que se sacaría por el recorrido. Aunque una parte de mí, un punto menos cínica, era consciente de que sentía un cierto instinto paternal por mí y casi se lo agradecía. Casi. No tengo claro porqué la gente a veces siente eso por mí. Supongo que algo de la herencia de mi abuela. No es que yo avive ese tipo de emociones, por norma general intento mantener a la gente lo más lejos posible. Incluso si a veces me ayudan a afrontar algo que me cuesta por mí misma, como pasaba en ese momento. Soy de las que agradece en silencio. No le sonreí y me limité a pagar lo que le debía dejándole una propina apropiada. No me sonrió, ese no era país de dar sonrisas gratuitas a desconocidos, pero pude sentir que su mirada me intentaba transmitir ánimos. Suspiré mientras mi conductor salía del coche y me abría el maletero donde una maleta enorme me esperaba. La sacó y la dejó sobre el húmedo suelo mientras yo me cobijaba parcialmente debajo de la puerta abierta del maletero. Era el momento de afrontarlo. Saqué la asa metálica y empecé a arrastrar la maleta con dificultad por aquel empedrado en dirección a la enorme puerta de madera dejando que el agua finalmente me alcanzara de forma despiadada. Obviamente no se me había ocurrido dejar un paraguas a mano y no me sentía como para abrir la maleta allí en medio y enseñar a los cuatro vientos mis preciadas posesiones parcialmente enterradas entre bragas y sujetadores.

viernes, 4 de octubre de 2019

Citas de La Hija Maldita. ¿Cuál es la tuya?


No hay nada como retomar una vieja amistad... o un viejo libro. Tras vuestras votaciones, he vuelto al mundo de los dorados: esas tierras cálidas iluminadas por el Gran Sol regidas por los caprichos de la Diosa Aurum. Y como no podía ser de otra manera, me he encontrado hasta las tantas de la madrugada enganchada al primer libro, La Hija Maldita. Sí, obviamente no hay mucho que me sorprenda, como muchos libros que te has leído tres o cuatro veces. Pero me enamora de nuevo y tras las primeras páginas que quizás se me hacen (a mí, ya me diréis a vosotros) un poco lentas, la trama me va enganchando. Me encanta Aina. Me encanta James. Me encanta Dexter. Pues sí, por si alguien se lo pregunta, los escritores también disfrutamos leyendo nuestros propios libros. De hecho, así empecé yo. Escribiendo historias que simplemente me apetecía leer. Historias románticas, de aventuras, cargadas de fantasía y con un final feliz. A cada uno le gusta lo que le gusta. Y volviendo a La Hija Maldita, solo leer los primeros capítulos no puedo evitar compartir estos textos que no son más que el inicio del propio libro. De la historia de Aina. ¿Qué frases te impactaron?



-Habrá quien te odiará y quien te temerá, sin ni siquiera conocerte. Vigila por donde caminas para evitar caer. Escucha a tu alrededor para evitar decir la palabra equivocada. Quizás no formas parte de ningún gremio, pero posees conocimientos variados que pueden serte útiles fuera, aunque si puedes, evita que la gente a tu alrededor sea consciente de ello.

-Míralo de otra forma. Has vivido encerrada entre estas paredes veinte años, pero tu alma es inquieta. Aquí gozas de seguridad, pero quizás ha llegado el momento de que conozcas el resto del reino, que vivas tu propia aventura en vez de escuchar las aventuras de un viejo Guardia. 

-Ningún hombre con sentido común amaría a una maldita. -dijo ella con un tono levemente irritado -Pero no creo que quisieran que un hombre te amara, sino que te usaran una buena multitud de hombres de todas las edades y posiciones, tantas veces como les viniera en gana, con tal de verificar si eras fértil.

-Aunque deberás ir con cuidado. Hay magia en ti, no puede sentirse, pero sé que está allí. La magia es algo demasiado poderoso, y más en estos tiempos, no es bueno que el Consejo tenga interés en ti, pero aún sería más peligroso que sintiera miedo.

😍



sábado, 28 de septiembre de 2019

¡Descarga online! No te las pierdas.

Alec (Saga Ángeles Caídos II). 
Desde hoy hasta el 1 de OCTUBRE

La Hija Maldita (Trilogía Pueblos Perdidos I). 
3-7 OCTUBRE

El despertar del lobo (Trilogía Instintos I). 
7 -10 OCTUBRE.

Sonia (Saga Ángeles Caídos V). 
9-13 OCTUBRE



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martes, 24 de septiembre de 2019

Propuesta lectura gratis para noviembre: ¡Tú decides!



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Os dejo un formulario con varias propuestas de lectura gratis para el 31 OCTUBRE -3 NOVIEMBRE a través del siguiente LINK:





Tenéis tiempo hasta el 25 de Octubre para dar vuestras respuestas.